Ajedrez

Nuestros parlamentarios, sacerdotes de la demogresca que tanto gustan de llevarse la contraria en todo y echarse las culpas los unos a los otros, para mantenerla nación encallada (y encanallada) en la parálisis, han hecho una pintoresca excepción, poniéndose de acuerdo para instar al Gobierno a implantar el ajedrez como asignatura con horario lectivo, de acuerdo con las recomendaciones del Parlamento Europeo? (la superstición europeísta que no falte).

No vamos a negar las ventajas del ajedrez, que según parece comprobado estimula la concentración y las facultades memorísticas (las mismas, por cierto, que nuestro sistema educativo se ha esforzado en atrofiar), así como la capacidad para planificar, calcular y organizar nuestro pensamiento.

Sospecho, sin embargo, que tales virtudes predicadas del ajedrez podrían predicarse también de otros juegos y quebraderos de cabeza similares con menos pedigrí o predicamento; nosotros, concretamente, se las hemos escuchado (formuladas con leves variantes) a aficionados a los puzzles o el sudoku. Ciertamente, es más decoroso poner a nuestros hijos a jugar al ajedrezque a montar puzzles, pero de ahí a elevar el ajedrez a la categoría de asignatura con horario lectivo, en un país donde disciplinas tan fundamentales como el latín o la filosofía han sido arrojadas al cubo de la basura, media un largo trecho.

Nada nos parecería más acertado que exhortar desde las escuelas a la práctica de este honroso juego, y organizar torneos ajedrecísticos en horario extra escolar, sobre todo si a cambio se logra que nuestros hijos dediquen al tablero de los escaques el tiempo que destinan a cacharrear con los videojuegos. Pero imponer el ajedrez como asignatura en horario lectivo se nos antoja muy delator de un sistema educativo que sólo se atreve a favorecerlas potencias mentales que arriba se especificaban (memoria,concentración, rapidez mental. etcétera) apelando íil juego.

La resolución de problemas algebraicos, el aprendizaje de poemas, el estudio déla Iógi ca o la traducción de los poetas latinos también favorecen dichaspotencias; sin embargo. tales actividades han sido expulsadas de las escuelas a golpe de látigo, por considerarse pemiciosas para los tiernos cerebros infantiles, que al parecer sólo aprenden si son agasajados con un envoltorio lúdico. Ahora, con la imposición del ajedrez, tales actividades tendrán menos huecos y resquicios para volver a ser admitidas. Detrás de esta papanatesca entronización del ajedrez como asignatura subyace la pretensión (tan sugestiva como falsa) de hacer creer a los padres que, jugando al ajedrez, sus hijos descubrirán al niño prodigio?? que duerme dentro de ellos.

Pero es una pretensión vana y demagógica: Pascal no resolvía ecuaciones aun a temprana edad por jugar al ajedrez; ni Mozart tampoco necesitó jugar al ajedrez para domesticar la música. No hace falta señalar que estimularla concentración y la memoria de nada sirve, si luego tales habilidades no se aplican al estudio; y tampoco creo que descubramos ningún océano si recordamos que tales destrezas se quedan en lo que son meras habilidades para entretener a los amigos, o para amenizar un freakshow televisivo, si son superlativas?frente a las potencias mentales que caracterizan al auténtico genio. La introducción del ajedrezcomo asignatura no deja de ser, en fin, un timo para papás impresionables que sueñan con hijos convertidos en genios de saldo. Y. naturalmente, servirá para acrecentar el analfabetismo de las nuevas generaciones, como tantas otras incrustaciones lúdicas en horario lectivo.

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